Benito siempre fue un cobarde, pero un buen cobarde para ser justos, porque de la misma manera que hay hombres muy valientes, siempre hay unos más valientes que otros, es decir el término diluye su significado en un espectro amplio y relativo, pero el antónimo no se queda atrás pues la gama de cobardes es amplia y el caso de Benito era excepcional, era el más cobardes de los cobardes, un "cobardón" de los buenos como dirían en el barrio. Siempre he escuchado decir que los valientes mueren en manos de un cobarde pero a decir verdad no he logrado constatarlo en la práctica y menos en el barrio donde nací, un nido de "machos" en los arrabales de La Habana.
Nacer en la barriada te incluía de inmediato en la lista de educandos a cumplir un código ético de "asere". Entiéndase por tal calificativo el non plus ultra de la masculinidad llevado hasta el altar del macho en estado puro, una forma particular de caminar, de hablar, de mirar, de expresión facial típica que a manera de luminaria perenne señalara al entorno la presencia del peligro hecho persona. Tener un cobarde en la familia era una especie de estigma, algo tan dramático como una niña sin nalgas, porque en Cuba una mujer puede ser más o menos bonita, simpática o vulgar, alegre o seria, pero una cubana sin nalgas es una malformación congénita, es un castigo de los orishas y con los cobardes pasa lo mismo. Desde que estás en la guardería, un padre te perdona todo, que rompas la ropa jugando, que hagas trizas un cristal de una pedrada, pero lo que no se te perdona jamás es que te den una bofetada y no respondas, aunque tengas cinco años si te quedas con la bofetada y no respondes, ya sea por temor, porque tu rival te supera en estatura y peso corporal, se te incluye de inmediato dentro del grupo de riesgo de probables futuros maricas del barrio. Había que romperse la vida en la esquina, como decía el viejo, "primero muerto que despretigiao". Nada, que si en la Maternidad tras el primer llanto escuchabas mientras te inscribían que tu dirección pertenecía al entramado de calles de Mantilla, salías entre culeros y el acostumbrado llanto, pero tu destino estaba marcado, serías un "asere". Aun recuerdo una ocasión cuando tenía doce años en que tras regresar una tarde de la escuela y cambiar el uniforme por mi pantalón corto apto para "mataperrear", sentí la voz de Enriquito, mi colega de infancia, exclamar a viva voz por la ventana: - Mateo, te está esperando en la esquina y viene con dos más-. Mateo era el terror del barrio, un verdadero león de las trifulcas y fajarse con él, era una sentencia a una paliza porque a decir verdad, era uno de los valientes y nunca perdía.
El aviso de Enriquito el Gordo cayó como un jarro de agua fría sobre mi mente. Sentí la sensación de que me estaba esperando en la esquina la 82 División Aerotransportada y con refuerzo incluído, pero mi terror se recrudeció cuando comprobé al instante que mi tío también había escuchado el mensaje del gordo Enrique y se me acercó. Sus palabras terminaron por convencerme. - Mira, tienes dos opciones, o vas hasta la esquina y te fajas con los tres o te las verás conmigo-. Y mientras hablaba, acariciaba el cinturón de cuero con la gigantesca hebilla en forma de ancla. No lo dudé ni un instante. Mateo y sus dos acompañantes me vieron salir de la casa corriendo hacia ellos haciendo caso omiso de las piedras que me lanzaban y esa tarde regresé magullado como nunca pero escapé del cinturón de mi tío, que a mi regreso posó su enorme manaza sobre mi testa a la vez que concluía: "En esta familia hay de todo pero no hay cobardes". Como si mi Mantilla natal se trastocara en la Nápoles de la conocida "Camorra", esa tarde recibí el bautizo de los "aseres" y a decir verdad, jamás el temible Mateo tuvo otra discordia conmigo. El barrio era así y nos lo exigía, estábamos predestinados a la "guapería", nada de melenas ni camisas de colores raros, debíamos lucir unas motas a modo de alerones sobre las orejas, el pantalóan almidonado y un gesto desafiante a cada paso, eramos de Mantilla.
Pero el barrio tenía un miembro que se consideraba como una tara particular, Benito el más cobarde de los cobardes. Desde la primaria la madre le llevaba la merienda al colegio, donde a través de las enormes rejas del exterior engullía con rapidez los alimentos, única solución ante el acoso de sus compañeros que le quitaban todo. Bastaba una mirada, una frase de algún alumno y el susodicho protagonizaba una endiablada carrera en cualquier sentido. Jamás se fajó ni siquiera con el pensamiento. No tenía amigos, ni enamoradas, ¿quién en un barrio de ambientosos "aseres" se podía permitir tener un amigo cobarde?. Ni hablar, era el paria, el disidente de una línea casi genética de nuestro código marginal. A veces me cuestiono si los historiadores se equivocaron con la procedencia de Talión, pues tuvo que nacer en Mantilla, esa frase de ojo por ojo y diente por diente fue hecha para mi barrio sin duda alguna.
Con el paso de los años y nuestro ascenso a través del sistema educacional, fuimos testigos de la perseverancia de Benito en su odio a la violencia. Para nosotros, los mantilleros, la conducta de nuestro vecino era inexplicable, nadie podía argumentar el origen de nuestro Ghandi. Algunos decían que estaba enfermo, que no era normal, otros que era sencillamente homosexual. Nadie daba crédito a que un nacido y criado en nuestro barrio andara siempre con la camisa totalmente abotonada hasta el cuello y caminara sin nuestro clásico estilo carcelario. Para colmo, Benito leía poemas y las apuestas por acabar de incluírlo en el grupo de los homosexuales no escaseaban. Para mi padre, educado en los rígidos preceptos de la hombría arrabalera, que afirmaba sin titubear que si a un niño no le gustaba el béisbol, había que llevarlo al médico para que no se desvíara, el caso de Benito tenía un diagnóstico único: mari... .
Cuando la adolescencia se comenzó a caer de nuestros cuerpos y mentes, de la vieja pandilla del barrio, sólo dos miembros del vecindario ingresamos en la universidad, Benito y yo. Rafaelito desde hacía un tiempo manejaba la ruta 4, conduciendo aquellas rugientes Leyland tras un enorme mostacho a lo Fabio Testi en "Los Guapos", Frank cumplía una larga condena por robo con violencia, Javier se había ido a los Estados Unidos en una balsa, el Bici logró hacerse toda la clientela de jugadores de "bolita", la lotería ilegal y al Pupi lo habían matado en Angola. El barrio y su ética se habían digerido a nuestras infancias, pero Benito terminó Filología con notas de sobresaliente en la Universidad de La Habana. Por entonces estudiaba mi especialidad en un hospital de la capital y vivía lejos, pero con frecuencia semanal acudía al vecindario a visitar a mi madre.
Benito continuaba viviendo con sus padres y se casó para desilusión de los "aseres" más duros del entorno que no vieron concluir la larga lista de cobardías con su inclusión entre los amantes del mismo sexo pero al final el barrio triunfó. Me enteré y debo reconocer con profundo pesar, unos días más tarde. Resulta que el padre de Benito, se dedicaba a hacer zapatos para vender en el mercado negro. Todo lo hacía el viejo, por lo cual la producción semanal no superaba los diez pares y con lo que ganaba tras descontar la inversión en la compra de piel, pegamento, hilo, etc. alcanzaba a duras penas para vivir dentro de una miseria decorosa. Una tarde el padre regresaba a casa y justo en la esquina más próxima le detuvo el jefe de sector de la policía. El viejo traía una lata de pegamento conocida por "baje" lo cual es ilegal y duramente sancionado. El anciano se opuso al registro y el guardia lo empujó. Dicen los testigos que no dió tiempo a nada, que apenas al caer el anciano vieron a Benito aparecer como un bólido y darle un machetazo al policía que estuvo a punto de cercenarle el brazo a la altura del hombro y que no lo mató gracias a la intervención de los vecinos. Benito, caramba, sin duda alguna el más noble de nuestra camada, cumpliendo condena en prisión por intento de homicidio. Al final, ni él escapó al germen de violencia entre la que crecimos. Me contaron que años más tarde salió y que se tejieron leyendas en la prisión por la brutalidad en las agresiones de aquel que un día los imberbes de la pandilla llamábamos el cobarde. El barrio y el sistema se engulleron al más pacífico de nuestra calle, quizás el único de nosotros con tamaña nobleza como para romper aquella ética de "aseres" en la que emergieron nuestras vidas, el lado oscuro y`pérfido de una ciudad que amo desde esta enorme lejanía, que trocaron aquellos jovencillos imberbes e inocentes en flores de cementerio.
R.Muñoz.
Nacer en la barriada te incluía de inmediato en la lista de educandos a cumplir un código ético de "asere". Entiéndase por tal calificativo el non plus ultra de la masculinidad llevado hasta el altar del macho en estado puro, una forma particular de caminar, de hablar, de mirar, de expresión facial típica que a manera de luminaria perenne señalara al entorno la presencia del peligro hecho persona. Tener un cobarde en la familia era una especie de estigma, algo tan dramático como una niña sin nalgas, porque en Cuba una mujer puede ser más o menos bonita, simpática o vulgar, alegre o seria, pero una cubana sin nalgas es una malformación congénita, es un castigo de los orishas y con los cobardes pasa lo mismo. Desde que estás en la guardería, un padre te perdona todo, que rompas la ropa jugando, que hagas trizas un cristal de una pedrada, pero lo que no se te perdona jamás es que te den una bofetada y no respondas, aunque tengas cinco años si te quedas con la bofetada y no respondes, ya sea por temor, porque tu rival te supera en estatura y peso corporal, se te incluye de inmediato dentro del grupo de riesgo de probables futuros maricas del barrio. Había que romperse la vida en la esquina, como decía el viejo, "primero muerto que despretigiao". Nada, que si en la Maternidad tras el primer llanto escuchabas mientras te inscribían que tu dirección pertenecía al entramado de calles de Mantilla, salías entre culeros y el acostumbrado llanto, pero tu destino estaba marcado, serías un "asere". Aun recuerdo una ocasión cuando tenía doce años en que tras regresar una tarde de la escuela y cambiar el uniforme por mi pantalón corto apto para "mataperrear", sentí la voz de Enriquito, mi colega de infancia, exclamar a viva voz por la ventana: - Mateo, te está esperando en la esquina y viene con dos más-. Mateo era el terror del barrio, un verdadero león de las trifulcas y fajarse con él, era una sentencia a una paliza porque a decir verdad, era uno de los valientes y nunca perdía.
El aviso de Enriquito el Gordo cayó como un jarro de agua fría sobre mi mente. Sentí la sensación de que me estaba esperando en la esquina la 82 División Aerotransportada y con refuerzo incluído, pero mi terror se recrudeció cuando comprobé al instante que mi tío también había escuchado el mensaje del gordo Enrique y se me acercó. Sus palabras terminaron por convencerme. - Mira, tienes dos opciones, o vas hasta la esquina y te fajas con los tres o te las verás conmigo-. Y mientras hablaba, acariciaba el cinturón de cuero con la gigantesca hebilla en forma de ancla. No lo dudé ni un instante. Mateo y sus dos acompañantes me vieron salir de la casa corriendo hacia ellos haciendo caso omiso de las piedras que me lanzaban y esa tarde regresé magullado como nunca pero escapé del cinturón de mi tío, que a mi regreso posó su enorme manaza sobre mi testa a la vez que concluía: "En esta familia hay de todo pero no hay cobardes". Como si mi Mantilla natal se trastocara en la Nápoles de la conocida "Camorra", esa tarde recibí el bautizo de los "aseres" y a decir verdad, jamás el temible Mateo tuvo otra discordia conmigo. El barrio era así y nos lo exigía, estábamos predestinados a la "guapería", nada de melenas ni camisas de colores raros, debíamos lucir unas motas a modo de alerones sobre las orejas, el pantalóan almidonado y un gesto desafiante a cada paso, eramos de Mantilla.
Pero el barrio tenía un miembro que se consideraba como una tara particular, Benito el más cobarde de los cobardes. Desde la primaria la madre le llevaba la merienda al colegio, donde a través de las enormes rejas del exterior engullía con rapidez los alimentos, única solución ante el acoso de sus compañeros que le quitaban todo. Bastaba una mirada, una frase de algún alumno y el susodicho protagonizaba una endiablada carrera en cualquier sentido. Jamás se fajó ni siquiera con el pensamiento. No tenía amigos, ni enamoradas, ¿quién en un barrio de ambientosos "aseres" se podía permitir tener un amigo cobarde?. Ni hablar, era el paria, el disidente de una línea casi genética de nuestro código marginal. A veces me cuestiono si los historiadores se equivocaron con la procedencia de Talión, pues tuvo que nacer en Mantilla, esa frase de ojo por ojo y diente por diente fue hecha para mi barrio sin duda alguna.
Con el paso de los años y nuestro ascenso a través del sistema educacional, fuimos testigos de la perseverancia de Benito en su odio a la violencia. Para nosotros, los mantilleros, la conducta de nuestro vecino era inexplicable, nadie podía argumentar el origen de nuestro Ghandi. Algunos decían que estaba enfermo, que no era normal, otros que era sencillamente homosexual. Nadie daba crédito a que un nacido y criado en nuestro barrio andara siempre con la camisa totalmente abotonada hasta el cuello y caminara sin nuestro clásico estilo carcelario. Para colmo, Benito leía poemas y las apuestas por acabar de incluírlo en el grupo de los homosexuales no escaseaban. Para mi padre, educado en los rígidos preceptos de la hombría arrabalera, que afirmaba sin titubear que si a un niño no le gustaba el béisbol, había que llevarlo al médico para que no se desvíara, el caso de Benito tenía un diagnóstico único: mari... .
Cuando la adolescencia se comenzó a caer de nuestros cuerpos y mentes, de la vieja pandilla del barrio, sólo dos miembros del vecindario ingresamos en la universidad, Benito y yo. Rafaelito desde hacía un tiempo manejaba la ruta 4, conduciendo aquellas rugientes Leyland tras un enorme mostacho a lo Fabio Testi en "Los Guapos", Frank cumplía una larga condena por robo con violencia, Javier se había ido a los Estados Unidos en una balsa, el Bici logró hacerse toda la clientela de jugadores de "bolita", la lotería ilegal y al Pupi lo habían matado en Angola. El barrio y su ética se habían digerido a nuestras infancias, pero Benito terminó Filología con notas de sobresaliente en la Universidad de La Habana. Por entonces estudiaba mi especialidad en un hospital de la capital y vivía lejos, pero con frecuencia semanal acudía al vecindario a visitar a mi madre.
Benito continuaba viviendo con sus padres y se casó para desilusión de los "aseres" más duros del entorno que no vieron concluir la larga lista de cobardías con su inclusión entre los amantes del mismo sexo pero al final el barrio triunfó. Me enteré y debo reconocer con profundo pesar, unos días más tarde. Resulta que el padre de Benito, se dedicaba a hacer zapatos para vender en el mercado negro. Todo lo hacía el viejo, por lo cual la producción semanal no superaba los diez pares y con lo que ganaba tras descontar la inversión en la compra de piel, pegamento, hilo, etc. alcanzaba a duras penas para vivir dentro de una miseria decorosa. Una tarde el padre regresaba a casa y justo en la esquina más próxima le detuvo el jefe de sector de la policía. El viejo traía una lata de pegamento conocida por "baje" lo cual es ilegal y duramente sancionado. El anciano se opuso al registro y el guardia lo empujó. Dicen los testigos que no dió tiempo a nada, que apenas al caer el anciano vieron a Benito aparecer como un bólido y darle un machetazo al policía que estuvo a punto de cercenarle el brazo a la altura del hombro y que no lo mató gracias a la intervención de los vecinos. Benito, caramba, sin duda alguna el más noble de nuestra camada, cumpliendo condena en prisión por intento de homicidio. Al final, ni él escapó al germen de violencia entre la que crecimos. Me contaron que años más tarde salió y que se tejieron leyendas en la prisión por la brutalidad en las agresiones de aquel que un día los imberbes de la pandilla llamábamos el cobarde. El barrio y el sistema se engulleron al más pacífico de nuestra calle, quizás el único de nosotros con tamaña nobleza como para romper aquella ética de "aseres" en la que emergieron nuestras vidas, el lado oscuro y`pérfido de una ciudad que amo desde esta enorme lejanía, que trocaron aquellos jovencillos imberbes e inocentes en flores de cementerio.
R.Muñoz.

